SUBJETIVIDADES, COMUNIDADES Y FUTUROS TENTACULARES.
El Arte Como Acción Relacional.
“Lo que el alma hace por el cuerpo, es lo que el artista hace por su pueblo.”
Gabriela Mistral
Quiero comenzar el año compartiendo una reflexión en tres movimientos sobre mi práctica profesional. Es una reflexión que he pensado durante mucho tiempo, que ha ido tomando forma en retazos de notas, conversaciones, experiencias y dudas, y que hoy intento ordenar por escrito. El primer movimiento se refiere a los saberes del arte que son aplicables a la vida cotidiana en las comunidades y que se transmiten a través de la educación artística, aun cuando el objetivo no sea formar artistas. El segundo se detiene en la posibilidad —real y concreta— de que niñas, niños y adolescentes (NNA) a quienes acompañamos en clases, experiencias, laboratorios, talleres o cursos, encuentren en el arte un camino de vida. El tercero sostiene que, precisamente por ello, es indispensable que quienes están al frente de procesos de educación artística asuman con conciencia y compromiso la enorme responsabilidad que implica guiar una experiencia de esta naturaleza.
Las personas que me conocen probablemente me han escuchado contar esta anécdota más de una vez. Son libres de saltarla. Sin embargo, me resulta tan ilustrativa que vuelvo a ella.
Hace más de veinte años, un artista escénico con amplia trayectoria participaba en una mesa de diálogo en el marco de un evento nacional realizado en la Casa de la Cultura de Morelia. Al tomar la palabra, afirmó: “Las estrategias para la formación de públicos son inútiles, los teatros siguen vacíos; la educación artística no sirve para nada, los CEDART no sirven para nada: no forman artistas, sino personas frustradas que nunca llegaron a serlo”. Quienes estuvimos ahí lo recordamos bien. Fue una intervención desafortunada no solo por su tono reduccionista y totalitario, sino porque, sin proponérselo, dejó al descubierto una realidad profundamente valiosa.
Muchas de las personas sentadas en esa sala éramos egresadas y egresados de distintos CEDART del país. No todas nos dedicábamos profesionalmente al arte, pero sí compartíamos algo fundamental: éramos públicos asiduos, críticos y participativos. Sabíamos distinguir una exposición sólida de una panfletaria, debatíamos las obras, reconocíamos procesos, y formábamos parte activa de la vida cultural de nuestras comunidades. Aquello que el ponente nombró como fracaso era, en realidad, una de las mayores potencias de la educación artística.
Reflexionar sobre el arte —analizar una obra, comprender los procesos creativos, los ecosistemas de producción, circulación y mediación, los programas pedagógicos disciplinares y para públicos diversos— es una práctica profundamente enriquecedora. Nos obliga a mirar nuestro propio trabajo desde otros ángulos, a cuestionarnos incluso después del estreno, la inauguración o la publicación. Existe ese segundo momento, posterior a la obra, en el que el artista se deja afectar por la comunidad y vuelve a pensar. Por eso decimos que una obra de arte nunca está terminada: porque siempre estamos recorriendo el mismo camino desde distintas perspectivas, temporalidades y profundidades. Los artístas somos porosos y tentaculares, por eso nos enamoramos del micelio, por eso dialogámos insistentemente no sólo con la biología, sino con todas las humanidades, los saberes acestrales que nos comparten las naciones originarias y claro que también con las nuevas tecnologías, somo naturalmente relacionales.
Es cierto: no todas las personas que estudiamos arte seremos artistas. Pero sí caminaremos la vida con una sensibilidad distinta. Es como si alcanzáramos a ver más tonos de azul en el cielo; como si pudiéramos escuchar el dolor de quienes gritan y golpean la mesa porque no saben comunicarse de otra manera; como si imagináramos soluciones donde otras personas solo ven problemas. Es como si leyéramos la vida del autor entre las líneas de un poema; como si nuestras alas perdieran fuerza al presenciar La Muerte del Cisne; como si pudiéramos saborear los pasteles en las pinturas de Wayne Thiebaud.
Las experiencias artísticas también activan procesos profundos a nivel corporal y cognitivo. Un ejemplo son las neuronas espejo: cuando observamos a una bailarina girar, en nuestro propio cuerpo se activan los músculos que harían posible ese movimiento; cuando leemos que alguien corre o se agacha, ocurre algo similar. Estos procesos fortalecen nuestra empatía y nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro.
La educación artística fortalece capacidades perceptuales y humanas fundamentales: nos permite conceptualizar, imaginar, sentir y relacionarnos; abrir espacio a la emoción, al asombro, a la escucha profunda y a la observación atenta. Nos invita a entrar en estados de juego, participación y alegría compartida; a la interconexión, al diálogo abierto y a la construcción de acuerdos.
Las experiencias artísticas también nos ayudan a ralentizar, a habitar la contemplación, la compasión y el amor; a acercarnos a lo sutil, lo sensible y lo intuitivo. Desde ahí se fortalecen la curiosidad, la sensibilidad y el pensamiento crítico: herramientas indispensables para resistir el exterminio de la cultura, de las lenguas, de los pueblos, de las especies y los ecosistemas; para resistir la expulsión de lo distinto y de lo antiguo.
El arte nos convoca a la acción. A ser activistas —o artivistas, como nombra Mónica Mayer— capaces de transformar aquello que nos dijeron que sería así para siempre. Lo hacemos con los saberes, las estrategias y las herramientas que el arte nos regala: resistiendo al patriarcado, al capitalismo neoliberal y a los hombres grises, desde una cultura de paz que no es pasiva, sino profundamente crítica. En este sentido, el arte nos aleja del Cthulhu de Lovecraft y nos acerca al Cthulhuceno de Donna Haraway.
El Cthulhu de Lovecraft representa el miedo paralizante: la idea de que las fuerzas que gobiernan el mundo son tan inmensas que solo queda la locura o la resignación. El Cthulhuceno de Haraway, en cambio, es tentacular, terrestre y múltiple. Encarna una ética de la interdependencia activa: no niega el conflicto ni la complejidad, pero propone habitarlos colectivamente, desde una responsabilidad compartida. Pensar el arte desde este horizonte implica situar la práctica artística en el terreno de lo relacional: no hay héroes individuales ni genios aislados, sino redes de afectos, alianzas y resistencias.
Las prácticas artísticas existen para cuestionar, para desacomodarnos y volvernos a acomodar una y otra vez. En palabras de Haraway, para “permanecer con el problema”. El arte no busca soluciones rápidas ni finales cerrados; provoca, incomoda, pica, y nos obliga a reorganizar nuestras relaciones con el poder, con el cuerpo, con el territorio y con los otros —humanos y no humanos—. No invoca el fin del mundo, sino la posibilidad de vivir y resistir en él de otras maneras.
Desde esta perspectiva, la educación artística con enfoque humanista no es contemplación, sino acción encarnada. Cuando niñas, niños y adolescentes viven el proceso creativo de un montaje, aprenden a pararse sobre su nombre, a usar su voz, su cuerpo y el espacio. Reconocen su valentía, sus valores y saberes, y aprenden a colectivizarlos. Al mismo tiempo, aprenden a reconocer y valorar los saberes de las otras personas con quienes comparten el proceso.
Memorizar diálogos, trazar desplazamientos, buscar la luz, atender los tiempos de entradas y salidas, hacer silencio y espacio para las demás personas, es aprender a convivir mejor. Es aprender a tomar acuerdos y a seguir reglas en favor del bien común: lograr la presentación ante el público. Se aprende disciplina, respeto y perseverancia, trabajando durante meses para habitar la escena solo unos minutos. El trabajo de mesa —el análisis del texto, de las partituras, la construcción del lenguaje, el acuerdo sobre tono y ritmo— es un espacio formativo invaluable.
Cuando centramos la atención en el proceso y no únicamente en el resultado, asumimos un enfoque formativo y no instrumental. En el proceso habitan los saberes del arte: saber hacer, saber estar, saber aprender, saber escuchar y saber compartir.
Las experiencias artísticas atienden satisfactores profundos de las necesidades humanas. Al vivir un proceso creativo, niñas, niños y adolescentes colaboran, se expresan, interpretan y crean. La capacidad de crear es uno de los regalos más grandes de la educación artística al ser humano y al planeta: hacer nacer algo nuevo ahí en donde antes no había nada, en el proceso creativo no solo se produce una obra: se abren nuevos caminos, nuevas formas de expresión, de conexión, de comunicación, de convivencia, de organización e incluso de gobernanza.
Por ello, quien enseña arte no adoctrina: poliniza y observa con paciencia el florecimiento. Acompaña sin imponer, abre posibilidades sin cerrar destinos.
Una persona con experiencia en crear pierde el miedo a lo nuevo, al fracaso y a la diversidad de voces, cuerpos, ideas, sonidos y escenarios. Se habitúa tanto a fracasar como a triunfar de múltiples maneras: en lo privado, en lo público y en lo colectivo. Aprende a habitar el tiempo abierto: a planear, a llevar las ideas a la práctica, a compartirlas, a escucharlas debatirse, a permitir que se transformen o incluso a aceptar que algunas sean descartadas.
La persona creativa es porosa, empática y vulnerable. Cree en el talento de las demás personas, hace visible el talento de las otras personas a través de reconocerlo y recompensarlo, nunca teme al talento de otros. La persona creativa aprende también a crear desde el miedo, el dolor y la tristeza. Aprende, finalmente, a convertir la adversidad en posibilidad y por eso ejerce un liderazgo humanista y colectivizador.
Aunado a todos los saberes que se pueden trasnmitir a través de la educación artística y que pueden ser aplicadoa a la vida comunitaria, es necesario recordar que una niña, niño o adolescente que crece acompañado de experiencias artísticas sí puede llegar a convertirse en artista. No como promesa romántica ni como destino impuesto, sino como una posibilidad de vida genuina, honesta, digna y nutritiva para el planeta.
Para ello es importante que las y los adultos a su alrededor dejemos de lado el prejuicio de que si eligen ese camino se van a morir de hambre y que sepamos acompañar sus búsquedas. El trabajo de un artista es igual de complejo que el de un ingeniero, un carpinero, un contador, dentista, chef, maestro, etc. porque implica una inversión de recursos variados para concretar la profesionalización, porque al finalizar la carrera deberá entrar a la competida bolsa de trabajo, emprender su propio negocio, aplicar a programas de estímulos para enseñar, producir, construir, etc y luego mantenerse en constante actualización para ofertar servicios de calidad.
Hace unos meses un chico en Cherán me dijo que él toca el violín y quería saber si existían escuelas en donde pudiera estudiar profesionalemte, le hablé de la facultad de Bellas Artes de la UMSNH del Conservatorio y de otras escuelas fuera de Michoacán, y me llena de emoción pensar que va a perseverar y que va a encontrar eco en su comunidad para lograr sus sueños. Yo no le di una clase de violín, les compartí un laboratorio interdiciplinar con énfasis en la escritura colectiva, pero sintió la confianza de acercarse a preguntar y supe contestarle, lo que me liga al siguiente punto:
La Educación Artística es una gran responsabilidad, porque se juega el futuro no solo de una niña, niño o adolescente, sino del planeta, una persona mas que cumple sus sueños es una persona menos en la tristeza; una persona que vive de enseñar a cantar o tocar un instrumento es una persona menos frustrada, una persona que pasa sus días escribiendo una novela es una persona que no pasará las tardes inventando chismes de los vecinos; una persona que vive bailando es una persona con menos prejuicios ante la diversidad de géneros…así podría hacer una lista interminable de personas que se salvan a través del arte, que hacen de este mundo un lugar mejor, que evitan conflictos no por miedo, sino porque buscan caminos de paz.
Por eso, quienes nos dedicamos a la educación artística asumimos una responsabilidad profunda: seguir aprendiendo, abrir la mente y el corazón para comprender a las otras personas y traducir nuestros saberes desde la experiencia, compartiéndolos con generosidad y rigor, de acuerdo con cada etapa de desarrollo. Implica apagar el ego y encender la humildad, para convertirnos en abono de la composta planetaria, en micelio, en tentáculos que sostienen la vida. Porque, si algo nos recuerda la educación artística, es que, aunque en soledad podamos sonar bello, solo en relación, solo en comunidad, somos capaces de construir una orquesta verdaderamente majestuosa y un futuro habitable para todas y todos.
Con este texto como punto de partida, comienzo el año con la energía renovada, el propósito fortalecido y la certeza de que la fuerza de lo colectivo seguirá guiándonos para tomar decisiones justas y sensibles, orientadas al bien común. Confío en que será desde el encuentro, la escucha y la acción compartida que podremos sostener futuros más habitables. Que este 2026 nos encuentre creando juntas y juntos: con paz, salud, amor y prosperidad.
Sinceramente, Natalia Reza 💜

Felicidades, me gusta mucho lo que escribiste. También considero el arte como un gran elemento catalizador para mejores pensamientos y una forma más amable de ver la vida.
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